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        Lo primero que debe hacerse al iniciar una investigación genealógica es recopilar ordenadamente la mayor cantidad de antecedentes familiares, a través de dos clases de fuentes: orales y documentales.

        Entendemos por fuentes orales aquellas que obtenemos verbalmente de otra persona, generalmente perteneciente al propio entorno familiar: padres, abuelos, tíos, primos, bisabuelos, etc.

        Estas fuentes tienen el inconveniente de que con frecuencia se han transmitido de generación en generación bastante deformadas o bien resultan inexactas en cuanto a fechas, profesiones, lugares de origen y otros datos, porque la memoria no siempre es fiable o las personas que nos las proporcionan son de edad muy avanzada.

        Aún con todo suelen reportar una valiosa información. Lo mejor es consultar con aquellos miembros de mayor edad dentro de la familia, teniendo en cuenta que cualquier antecedente por insignificante que parezca puede ser en el futuro de enorme utilidad.

        Es siempre muy recomendable ordenar cuidadosamente toda la información obtenida mediante fichas en las que dejemos clara constancia de todos los datos obtenidos, así como los de la persona que nos los facilitó y la fecha de la entrevista. Entenderemos por fuentes documentales aquellas que podemos encontrar en cualquier medio escrito, sea epigráfico, manuscrito o impreso. Acudimos a éstas una vez que se han agotado todos los recursos que la memoria intrafamiliar pueda ofrecer, para corroborar por un lado la información verbal y, por otro, para ampliar la información y retroceder la búsqueda en el tiempo.

 

     

        Las fuentes epigráficas o monumentales más importantes son los epitafios e inscripciones sepulcrales de lápidas en capillas y cementerios.

        Las fuentes documentales manuscritas más destacables desde el punto de vista genealógico son:

 - los documentos familiares, como cartas, facturas, cuentas, diarios personales, inventarios, anotaciones varias, etc.

- los libros sacramentales, especialmente los de bautismo, matrimonio y defunción, que se llevan obligatoriamente en todas las Parroquias de la Cristiandad desde el Concilio de Trento.

- los libros de nacimientos, matrimonios y defunciones del Registro Civil, en vigor en España desde el 1 de enero de 1871, aun cuando existen libros similares sobre el estado civil en algunos ayuntamientos desde algunas décadas antes.

- los protocolos notariales que se conservan en los archivos históricos de protocolos dependientes de cada colegio notarial, y en los que se custodian los documentos originales que en su día autenticó un fedatario público, tales como testamentos, particiones de herencias, capitulaciones matrimoniales, compraventas, donaciones, fundaciones, reconocimientos de paternidad, etc.

- los expedientes personales que se conservan en algunos archivos con documentación relativa a determinadas profesiones, cargos o dignidades, como son los expedientes académicos, de funcionarios, militares, títulos del Reino, etc.

- los padrones o listados de vecinos de los diferentes pueblos y localidades españolas.

- los registros de los cementerios, públicos y privados.

- los pleitos de hidalguía y las certificaciones de genealogía y armas que se conservan en los archivos de algunas Audiencias y en otras instituciones.  

 En España existe una amplia red de archivos públicos, de titularidad estatal, autonómica o municipal, en los que se depositan cada cierto periodo de años los documentos, de muy variada tipología, que generan los diversos organismos públicos durante su gestión. Estos archivos reciben a veces documentación procedente de donaciones particulares.

 Por último, quedan las fuentes impresas entre las que destacamos los periódicos antiguos (esquelas, secciones de sociedad, necrológicas) que pueden consultar en las hemerotecas, las guías de población, los nobiliarios, los tratados de historia local y, en suma, todas aquellas publicaciones, revistas o libros que contengan biografías, aborden el estudio de determinadas familias y linajes o contengan otros datos de interés.

 Otras fuentes podríamos denominarlas gráficas o visuales y serían las pinturas, fotografías, diapositivas y los nuevos soportes tecnológicos, como el video y, muy especialmente, Internet. Debe subrayarse la enorme importancia que para el desarrollo y divulgación de las investigaciones genealógicas ha adquirido en estos últimos años Internet, siendo numerosos (y de muy desigual rigor y calidad) los enlaces especializados en la red relacionados con nuestras materias.

 Existen diferentes métodos de exposición para reflejar los datos genealógicos que vayamos obteniendo de las fuentes anteriormente descritas -tablas de ascendientes y de descendientes-, así como una técnica universalmente aceptada para numerar los antepasados, el llamado método Sosa-Stradonitz.

 Especialmente útiles son los programas informáticos que permiten almacenar y clasificar datos genealógicos. Los más completos son el Personal Ancester File (PAF), elaborado por los mormones, que dispone de una versión en español, PAF4, y el Family Tree Maker, únicamente disponible en inglés.

 Por razones de espacio, no podemos ofrecer aquí más información sobre dichas técnicas de exposición genealógica o de elaboración de árboles genealógicos. No obstante, el lector interesado puede ampliar sus conocimientos consultando los siguientes textos:

 - Vicente de Cadenas. Rudimentos de Genealogía. Ediciones Hidalguía. Madrid, 1975. ISBN: 84-00-04208-5.

- Jesús Larios Martín. Lecciones de Genealogía. Ediciones Hidalguía. Madrid, 1986. ISBN: 84-00-06301-1.

- Armand de Fluviá. A la recerca dels avantpassats. Curial Edicions. Barcelona, 1995. ISBN: 84-7256-883-0.

- José Luis Sampedro. Con nombre y apellidos. Edic. Martínez Roca. Barcelona, 1999. ISBN: 84-270-2439-8.

- Jaime de Salazar. Manual de Genealogía Española. Ediciones Hidalguía. Madrid, 2006. ISBN: 84-89851-52-2.