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Prólogo: Uno de los elementos que contribuyen a proclamar más abiertamente que "los hombres se sienten unidos por los lazos de la sangre y por el orgullo de pertenecer a una estirpe", es el apellido, el verdadero símbolo del clan.

 
 

        En los albores, la ausencia del apellido –especialmente en los niños– debido principalmente a la falta de registros personales impedían la aplicación oficial de unos apellidos desde el poco de nacer. Los únicos existentes, los parroquiales, se limitaban a la imposición del nombre propio en el momento del bautismo. La denominación oficial de un individuo, sobre todo de los que no eran primogénitos no solía verse obligados al uso de un apellido determinado, podía ser un acto bastante libre en el que influían elementos tales como la crianza, a menudo encomendada a abuelos o tíos, sobre todo en caso de orfandad, la devoción por algún pariente o ancestro, el deseo de ganar el favor o el cariño de alguien con las mas variadas intenciones, etc... Esto explica –y no las circunstancias excepcionales– los cambios de denominación e incluso cierta indeterminación en el uso de los apellidos que puede apreciarse en muchos casos. En resumen, el apellido nace como la necesidad de distinguirse unos de otros en una sociedad que empieza ser amplia y no desea que sus gentes sean confundidas,  pues cada uno de ellos tiene unas señas de identidad propias por la que desea ser reconocido, unas veces como orgullo y otras por la pura necesidad social.

Definición y desarrollo del apellido: Según la Real Academia de la Lengua Española: "el apellido es el nombre de familia con que se distinguen las personas".
        En la mayoría de los países de habla castellana cada persona suele tener dos apellidos derivados de los ancestros paternos y maternos respectivamente (exceptuando principalmente a Argentina y Uruguay, donde suele usarse sólo el apellido paterno). Por tanto, la identificación o nombre de una persona en la tradición hispánica está compuesto de:
       - Nombre de pila (pudiendo ser más de uno o sea los denominados "compuestos"),
       - Apellido paterno, y
       - Apellido materno.
        En Portugal se usa el mismo sistema pero los apellidos se invierten; mientras que en el resto del mundo sólo se hereda el apellido paterno.

 

        Podemos decir que tenemos varios grupos de apellidos, siendo el principal el “patronímico” (los tomados por la línea de paternal) y en segundo orden el “toponímico” (los que vienen del lugar del hábitat), existiendo también los derivados de profesiones, empleos, actividades u otras cualidades.
        La denominación romana de los individuos se componía de:
     - "Preanomen", particular de cada persona.
     - "Nomen", apelativo familiar, apodo o mote.
     - "Cognomen", distintivo al linaje del perteneciente cuando había mas gente con el mismo nombre.
     - "Agnomen", particular de cada persona en el que se reflejaba la virtud, el defecto, la cualidad, etc.
        De las cuatro nominaciones, únicamente el segundo «Nomen» y el tercero «Cognomen» tenían carácter hereditario, pero solamente el segundo era el que verdaderamente actuaba como apellido.

        La influencia de los pueblos nórdicos es notable en la formación de los nombres bautismales a los individuos, pues las invasiones llevan inherentes la incorporación de nombres personales «Preanomen» que con el transcurso del tiempo van formando los apellidos «Nomen» patronímicos.
        En nuestros patronímicos, se notan claramente tres influencias, dos nacionales y una la más amplia la religiosa: romana, visigoda y cristiana, aunque la tercera es la segunda en el orden de cronología por la aparición en España resultando la más eficaz para la formación de los patronímicos.
        A los patronímicos, los hebreos anteponían la palabra «Bar», los árabes «Ben», los romanos el genitivo para indicar la descendencia, seguido del «Fil» y otras veces de «Filius», constituyendo hacia el final del imperio romano el genitivo del padre seguido de el del hijo, como apellido de este ultimo.
        La formación de los apellidos en las naciones latinas se origina con formas arbitrarias sin las terminaciones académicas señaladas en la época romana, síntoma del periodo que se atravesaba. Nuestras formaciones patronímicas se inician con terminaciones en «i» que luego cambian a «e» en «a» o en «o» para perderse en la Edad Media dejando al patronímico terminado en una consonante. Seguidamente en la terminación fija de «z» anulando a las de «s» y de «t» finales para más tarde tomar las de «iz» y «ez» sedimentando lentamente los patronímicos.

 

     Las particularidades regionales de nuestro país constituye otra de las notables diferenciaciones en los patronímicos que modifican las desinencias que dan una cierta desemejanza de apellidos sin guardar un orden en ningún caso aun en la misma región, pues no seguían regla alguna para ello no solo en la escritura sino también en su locución dando lugar a que en escritos antiguos y a la misma persona se la escriba de distintas maneras por la locución con que se las nombra en los distintos lugares. La caprichosa libertad para la formación de los patronímicos multiplica el índice de nombres que había normalmente en circulación gozando del público los derivados de los nombres de Reyes, de los Santos o de los Héroes. Introducido el uso del patronímico como apellido, por la abundancia del mismo nombre en el lugar, se ven obligados a alternar el del padre con el del abuelo también, para de esa manera encontrar una distinción que les es necesario y que no hallan, siendo esta ultima calificación tan fuerte que termina por anular al patronímico bautismal. El patronímico, precedido del nombre bautismal seguido del de procedencia, llega a constituir una denominación parecida al «tria nomina nobiliarum» de los romanos y mientras esta denominación es solo usada por los nobles, el estado llano alterna el patronímico, con el del apodo o mote, el del oficio, de la profesión, de la religiosa, etc.

 
   

La estructura del apellido: Es sabido que no hay reglas estrictas para la escritura de los apellidos. Sin embargo, casi siempre se ajustan a las normas generales de ortografía y acentuación de nuestro idioma, a pesar de que muchos de ellos procedan de lenguas extranjeras. La Real Academia Española se ocupó –hace ya algunos años– de elaborar una serie de recomendaciones acerca de la forma de escribir y ordenar alfabéticamente los apellidos, que ya pasamos a enumerar: Siempre que se pueda, las mayúsculas deben tildarse. De esa manera, se escribirían correctamente apellidos como Álvarez, Ércoli, Ítalo, Óster, Úbeda, entre otros.

        Los apellidos de origen español se llaman patronímicos y constituyen una gran parte de los apellidos de nuestro país, debido a la importante inmigración española. Se formaron agregando los sufijos -z o -ez al nombre primitivo; de esta manera, la persona que llevaba ese patronímico era considerada "descendiente de" la que había portado el nombre original. En la Argentina, son muy numerosos, y, en esta reducida selección, hemos incluido algunos de los principales: Álvarez, considerado "hijo de" o "descendiente de" Álvaro; Diéguez, de Diego; Fernández, de Fernando; Giménez o Jiménez, de Jimeno; González, de Gonzalo; Hernández, de Hernando; López, de Lope; Martínez, de Martín; Méndez, de Mendo; Pérez, de Pero; Ramírez, de Ramiro; Rodríguez, de Rodrigo; Sánchez, de Sancho, entre otros.

        Los patronímicos con acentuación grave y esdrújula no aceptan la formación plural, por razones fonéticas y morfológicas: los Pérez, muchos López, algunos Álvarez, y no los Péreces, muchos Lópeces, algunos Álvareces. Los patronímicos con acentuación aguda admiten el plural: Muñiz, los Muñices; Ortiz, varios Ortices. Algunos apellidos españoles de acentuación aguda, terminados en "s", no aceptan el plural: Cortés, los Cortés; Solís, varios Solís, y no los Corteses, varios Solises. Cuando nos refiramos a una familia determinada, no debemos pluralizar su apellido: "Los Podestá son gente muy honesta". Cuando la referencia sea a varias familias de un mismo apellido, éste podrá ser pluralizado: En este edificio viven muchos Podestás. Los apellidos que no son de origen español, no admiten la forma plural: Los Bécquer, varios Kennedy, pocos Legrand. Los apellidos tienen el género que les corresponde a las personas que los llevan y, por lo tanto, concuerdan en género con el nombre al cual acompañan. De esta manera, según se refiera a hombre o mujer, el apellido será masculino o femenino: Galán, Joaquín (apellido masculino); Galán, Lucía (apellido femenino).

        Los apellidos en idioma extranjero, por lo general, respetan la grafía y la pronunciación de su lengua original, salvo aquellos que han sido castellanizados para una lectura más fácil. Así tenemos Bach, pronunciado /baj/, Depardieu /depardié/, da Vinci /da bínchi/, Shakespeare /shéikspier/, Yeltsin /iéltsin/, Jorginho /yoryíño, Netanyahu /netaniáju/, Ahmed /ájmed/, entre otros.

        Respecto de los apellidos castellanizados, el más difundido en España es el del célebre compositor Tchaikovsky, cuya forma moderna es Chaikovski.

     En español, la preposición "de" no forma parte del apellido, a menos que se hubiera fusionado con él, como en el caso de Dávila (de Ávila).

 

Tipos de apellidos

        Derivados de nombres (patronímicos):
     Los casos más frecuentes, y que son exclusivos de las genealogías de España y Portugal, son los apellidos terminados en "ez" ("es", en portugués). Este sistema de apellidos proviene de los Visigodos, el pueblo germánico que, con la decadencia del Imperio Romano, se estableció en la Península Ibérica y fundó un Reino. "ez" significa "hijo de", y equivale a las terminaciones "-son" de los apellidos de origen nórdico (Anderson, Johnson), "-vitch" o "-ievna" de los patronímicos rusos (Nikolaievitch), etc... Así, el origen remoto de un "González" está en alguien que fue llamado "hijo de Gonzalo" (Gonzál-ez); "Pérez" en "hijo de Pero" -o sea, Pedro-, (Pér-ez); etc. De esta manera, toda una serie de apellidos hispánicos muy frecuentes tiene su origen, en la Edad Media, en el nombre propio del padre. Estos son algunos de los nombres originarios:

     - Álvarez: hijo de Álvaro.
     - Díaz, Díez: hijo de Diego.
     - González: hijo de Gonzalo.
     - Gutiérrez: hijo de Gutier (Wutier o Wotier).
     - Fernández: hijo de Fernando.
     - Henríquez: hijo de Enrique (Henrique, en escritura medieval).
     - Hernández: hijo de Hernando, que es igual que 'Fernando'. En castellano.... primitivo, muchas de nuestras actuales "H" eran "F".
     - Márquez: hijo de Marco.
     - Martínez: hijo de Martín.
     - Méndez: hijo de Mendo.
     - Núñez: hijo de Nuño.
     - Pérez: hijo de Pero (Pedro).
     - Rodríguez: hijo de Rodrigo (Roderick).
     - Ruiz: hijo de Ruy (Roy).
     - Sánchez, Sanchiz, Sáenz, Saes, Saiz: hijo de Sancho.
     - Suárez: hijo de Suero.
        En algunos casos, el nombre propio del padre se transformó en apellido incluso sin la terminación "ez", y éste es el caso de apellidos tales como García, Martín, Simón, etc... Estos apellidos se crearon en la Edad Media, por lo tanto, los orígenes de las numerosas y diversas ramas que existen de estos apellidos son diferentes en cada caso, sin que se pueda decir normalmente con exactitud de qué "Gonzalo" proceden exactamente unos González, o de qué "Pedro" descienden unos Pérez. Las únicas escasas excepciones son las de los descendientes directos de algunos Reyes o de la Alta Nobleza de Castilla y León, Aragón o Navarra, de los que existe documentación suficiente.

 

        Procedentes de un lugar  (toponímicos): Este es un caso muy frecuente entre los apellidos españoles. Supongamos que una persona llamada Fernando, que vivía en la ciudad castellana de Aranda, se trasladó a la ciudad de Valladolid. Entre sus conocidos había varios 'Fernando', así que comenzó a ser llamado "Fernando el de Aranda", y en poco tiempo "Aranda" se transformó en apellido y se transmitió a sus descendientes. La particularidad que hay que tener en cuenta es que, normalmente para que se cree un apellido así, la persona debe salir de su lugar de origen y trasladarse a otra población. Efectivamente, si este Fernando de nuestro ejemplo hubiese continuado viviendo en Aranda, sus vecinos difícilmente lo hubiesen llamado 'el de Aranda'. Es decir, un apellido de lugar geográfico significa normalmente que el antepasado con el que nació el apellido familiar procedía originariamente de dicho lugar, pero la familia propiamente dicha se estableció y procede de un lugar diferente, que puede ser cercano o muy lejano del primero. Se dice con frecuencia que los apellidos españoles de nombres de ciudades y pueblos son de origen judío. Esto no puede afirmarse de forma generalizada. Es cierto que en muchos casos, los judíos convertidos al cristianismo adoptaron como apellidos el de la ciudad donde vivían (Toledo, Zamora, etc.). Sin embargo, otras muchas ramas surgieron de esas ciudades por el sistema descrito en el párrafo anterior, sin que eso implique su origen en la importante minoría judía española de la Edad Media. Apellidos muy conocidos derivados de nombres de pueblos, ciudades o regiones: Castilla, Madrid, Toledo, Ocaña, Jordán, etc.

 

        Derivados de referencias geográficas (geográficos):
     - Echevarria o Echeberri = la casa nueva
     - Echandía = la casa grande
     - Abendaño o Avendaño = alquería en la colina
     - Aguirre = descampado, libre de maleza
     - Alzate = entrada al alisal
     - Aranzazu = robledal ancho
     - Argáez = peña de difícil acceso
     - Arizabaleta = robledal ancho (lo mismo que Aranzazu)
     - Bolivar = molino en la ribera
     - Robledo = parque de robles
     - Uribe = Parece que proviene de la palabra Oribe. Quiere decir en la antiquísima e impenetrable lengua vasca "los de abajo". La diminuta villa de Santa Eulalia (Mondragón) estaba rodeada de casonas de labriegos del campo que alojaban familias enteras, a la usanza de la región. Situadas en colinas, cuando alguien quería llamar al granjero desde el pueblo, que quedaba y aún queda ligeramente más alto que la casa, le gritaba !uribe, uribe!, es decir, "los de abajo, oigan los de arriba". Variantes del apellido Uribe dispersos por el País Vasco (Mondragón, Oñate, Azcoitia, Lenis) son: Oribe, Uribarren, Uribarrena, Uribarri, etc.

 

        Derivados de expresiones:
     - Abad: Es vasco y proviene del siriaco abba (padre o sacerdote).
     - Belalcázar: Proviene del árabe ben-alcazar (hijo de alcázar).

        Derivados de advocaciones religiosas:
    - Santa María, Santa Cruz, Santa Clara, San Pedro o Sampedro, Santo Domingo, Santa Fe, Ángel, de Dios, de Jesús, etc.

        Derivado de apodos:
     - Abarca, Paniagua, Bravo, Franco, Cabrera, Mora, Guzmán, Hurtado, etc.

        Derivados de oficios y profesiones:
     - Sastre, Carpintero, Herrero, Zapata, Serrador, Molero, etc.
    - Botero: Este apellido lo trajo a Colombia un italiano. En el idioma español tiene varios significados. Botero Significa marinero que conduce un bote. Otro significado es la persona que hace, adereza o vende botas ó pellejos para vino, vinagre, aceite, etc.

        Derivados de rasgos físicos:
     - Delgado, Calvo, Sordo, Cojo, Viejo, etc.

        Derivados de plantas o animales:
    -
   Toro, Espina, Ortega, Ortigal, Conejo, Naranjo, Rosa, etc.