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La Orden de Alcántara llamada primitivamente "Milicia de San Julián del Pereiro" fue fundada en 1177, cuando Fernando II de León (1137-1188) concede a D. Suero Fernández Barrientos y al resto de los Caballeros que integraban una cofradía religiosa, la ermita de San Julián del Pereiro, cerca de Ciudad Rodrigo, hoy día territorio portugués.A la llegada de estos Caballeros, en la ermita vivía un viejo anacoreta, llamado Amando, que había sido soldado en Tierra Santa a las órdenes del Conde D. Enrique de Borgoña. Dicho ermitaño había levantado aquella sencilla ermita en esos parajes y cuando Suero le comentó sus proyectos, le persuadió para que levantase una fortaleza junto a la misma. |
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Las villas cacereñas de Ronda y Trujillo fueron cedidas a la Orden de Alcántara por el rey D. Alfonso VIII de Castilla (1158-1214), para garantizar la defensa de la provincia. |
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La fama de los caballeros se extendió por aquellas tierras y fueron muchos los que vinieron a aumentar el número de los guerreros que constituían la guarnición de la nueva fortaleza. Por consejo del ermitaño, decidieron constituirse en Orden Militar al estilo de las del Hospital y el Temple. La nueva Orden toma como regla la del Cister. Era el Cister una reforma de la Orden de San Benito, hecha a fines del siglo anterior en Borgoña por San Roberto. El obispo D. Ordoño hizo venir a algunos monjes que instruyeran a los caballeros en la Regla. Quedando reglada así la Orden cuyo instituto era la defensa de la fe cristiana. Los miembros de la Orden se sometían a los tres votos de obediencia, pobreza y castidad perpetua. Sólo tres días de la semana comían carne, y otros tres ayunaban desde la Cruz de septiembre hasta Resurrección. Dormían vestidos, guardaban silencio en la iglesia y refectorio. El hábito consistía en una túnica de lana blanca, escapulario con una pequeña capilla, y sobre él, cuando salían del convento, una capa o tabardo de color negro. El cabello lo llevaban cortado por encima de la oreja y la barba redonda. Cuando por tregua u otra razón, no se empleaban en los menesteres guerreros, permanecían recluidos en el convento, observando como clérigos la Regla. El fundador, D. Suero, murió en combate, sucediéndole en la gobernación de la Orden, con título de prior, D. Gómez Fernández, compañero en la fundación. Por aquel tiempo, existían disputas entre los habitantes de Ciudad Rodrigo, y sus vecinos fronterizos de Portugal. Su rey Alfonso Enríquez envió una expedición a arrasar la ciudad, confiando el mando de sus huestes al príncipe D. Sancho, que entró en tierras de León con numeroso ejército. El prior de la Orden del Pereiro, al ver como el invasor toma sus tierras, reúne a los suyos y se incorpora al Ejército del rey Fernando II. El cual con la ayuda de los nuevos Caballeros rechaza a las huestes del rey luso, trabándose batalla en los campos de Argañán, volviendo posteriormente sus armas contra los musulmanes de la frontera meridional. Toma en combate las villas de Santibáñez y La Milana y cae sobre la villa de Alcántara, la que ocupará a su vuelta. Los portugueses, queriendo aprovechar la oportunidad de que Fernando andaba ocupado en otras partes, invadieron de nuevo sus dominios, penetrando en Galicia, tomando Tuy y otros castillos, para encaminarse a marchas forzadas hacia Badajoz, con el intento de ocupar esta población. Conocedor de ello, el rey Fernando, se encaminó a la capital extremeña y en las calles de Badajoz, se trabó la lucha. De nuevo, los leoneses resultan vencedores y el rey portugués en su huída, alcanza un postigo de la ciudad y tal es su aturdimiento que choca violentamente contra un madero, pegándose un golpe tan fuerte que queda con una pierna fracturada y es fácilmente hecho prisionero por las huestes leonesas. D. Fernando no se contentó con esta victoria y aprovecha la ocasión para atacar Cáceres, en poder del infiel, haciéndolos huir, conquistando la ciudad, la cual deja bajo la protección de los Caballeros de Santiago que habían participado en la conquista. En todas estas luchas sirvió D. Gómez con sus freires y vasallos, pero el Rey no les hizo merced alguna de lo conquistado, dado que la Orden no tenía aún rentas ni fuerzas para lo que el Rey pudiese otorgar para su administración y custodia. Pero le confió dominio sobre varias villas contiguas a su territorio, en la ribera del Coa, y algunas heredades vecinas. La Orden de Pereiro, ayudó al rey D. Fernando en todas sus empresas militares por lo que este monarca declaró solemnemente que la tomaba bajo su protección y amparo mediante un Real Privilegio. Sanción más alta obtuvo D. Gómez para la Orden, al solicitar del Papa la aprobación de la misma, lo que le fue otorgado mediante bula de fecha 29 de diciembre de 1177. Aquí es donde aparece por primera vez la dignidad de Maestre, al que todos deberían obediencia y respeto. Por si esto no bastara, el Prior D. Gómez se dirigió el Papa Alejandro III dándole cuenta de su instituto aprobado por los obispos de Salamanca y Ciudad Rodrigo y pidiendo en su favor las gracias y prerrogativas que otras análogas tenían concedidas, lo que otorgó el Pontífice a 29 de diciembre de 1177, mediante la oportuna Bula. Confirmó todo lo otorgado a la Orden otra Bula, esta del Papa Lucio III, en 4 de abril de 1183, apareciendo por primera vez en ella el nombre de Maestre dado al jefe o prelado supremo de la Orden. D. Gómez deseaba extender su Orden a Castilla y sabedor de que D. Alfonso VIII, preparaba una irrupción en la Extremadura musulmana, le ofreció sus servicios que fueron aceptados. El Maestre y sus caballeros participaron en la contienda y una de las primeras plazas que reconquistaron fue la de Trujillo. La muerte del primer Maestre D. Gómez Fernández debió producirse en el 1200, pues en ese año se eligió su sucesor. El rey Alfonso de Castilla, ofreció la plaza de Alcántara a la Orden de Calatrava, por ser plaza muy codiciada por los musulmanes y difícil de defender. Los calatravos pronto comprendieron que no les era posible atender tan dilatada frontera. El día 16 de junio de 1218 las Órdenes de Calatrava y del Pereiro firmaron una concordia por la cual, la primera cedía a la segunda la villa de Alcántara y todas sus posesiones en el Reino de León para que instalara en ellas su casa magistral y su convento central, a cambio, la Orden del Pereiro comprometía cierta subordinación al Maestre de Calatrava. Con éste acuerdo la Orden cambia de nombre y refuerza su importancia institucional, que sería definitivamente confirmada por una Bula de Gregorio IX el día 31 de marzo de 1238. |
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Caballero de Alcántara con manto capitular (Benavides) |
Caballero de Alcántara de uniforme (Benavides) |
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Fue tal el auge y la importancia de la Orden de Alcántara que no es de extrañar que no pasara mucho tiempo sin que estallaran las querellas entre ella y el Temple, llegando inclusive al choque armado entre ambas, y es que el continuo combatir habían hecho de unos y otros unos hombres endurecidos en cuerpo y alma por el ejercicio de las armas. El transcurrir del tiempo fue dando paso a los consiguientes Maestres de esta Orden, al tiempo que aumentaba su poder. Así, el Maestre D. Gonzalo-Martínez de Oviedo, decimocuarto Maestre, tuvo un miserable final. Mezclado en las intrigas de Castilla, temeroso de la ira del Rey, se refugió en el castillo de Valencia de Alcántara, sin duda con la esperanza de obtener la ayuda del rey de Portugal. Este no llegó y las tropas del Rey escalaron durante la noche las murallas del castillo, cogieron preso al Maestre D. Gonzalo, que fue degollado. Así vio Pedro Barrantes Maldonado, notable de la época, a la Orden de Alcántara: "La mayor parte de la gente de Alcántara son caballeros, hijosdalgos y escuderos y son pocos los labradores y gente común. Hay linajes, la mayor parte de ellos, nobles, de limpias y antiguas castas de las que ellos se jactan mucho. Es gente muy política, muy cortesana en el habla y muy apartados de tratos ilícitos. Muy comedidos y atentos con los extranjeros en el arte militar".
Continuó la sucesión de Maestres, unos con mejor suerte que otros, hasta
llegar al final, un tanto aventurero, de D. Martín Yánez de Barbudo.
Desastroso fue su final. Un ermitaño del Santuario de Nuestra Señora de
los Hitos, cerca de Alcántara, llamado Juan de Sayo, que gozaba fama de
santidad, le dijo que sabía por revelación divina que habría de tomar
Granada sin perder ni un solo hombre. El Maestre, concedió crédito al
visionario y envió dos escuderos al rey de Granada, mofándose de su
religión y retándole a singular combate entre ambos, o entre caballeros
que eligiesen, siendo dobles los moros que los cristianos. Los
mensajeros fueron presos y maltratados lo que enfureció al Maestre y le
empujó a marchar sobre Granada. Salió la expedición, llevando delante una cruz y el
pendón de la Orden. Llegó a Córdoba donde mentes sensatas quisieron
disuadirle de su descabellado proyecto, pero alegó que obedecía por
mandato divino, se alborotó el pueblo y hasta se le agregaron cinco mil
ciudadanos, confiando ciegamente en la protección de Dios. En Egea mataron a tres de sus caballeros y entonces
acusó al ermitaño de mentiroso, pero este aseguró que en la batalla
resultaría victorioso porque así se lo había revelado Dios. Entretanto,
el reino de Granada ya estaba en armas, cinco mil jinetes y más de ciento veinte mil infantes esperaban al tozudo Maestre. Salieron y
sorprendiendo a las huestes de D. Martín Yánez, hicieron tal
matanza que fueron pocos los que lograron escapar, pagando, el
crédulo Maestre, el crédito concedido al ermitaño. Y así se llega hasta el último Maestre de
Alcántara, D. Alonso de Monroy, que hacía el número trigésimo sexto. Ya
no hubo más. No fue la suya una vida plácida porque pronto se enemistó
con los Reyes Católicos, ya que orientaba sus simpatías hacia los Reyes
de Portugal. Sufrió cárcel, se fugó de ella, atravesó no pocos avatares
en una época turbulenta con las luchas civiles entre los bandos de "la Beltraneja" y la más tarde reina Isabel "la Católica". Viendo acercarse
sus últimos años, Monroy trató de reconciliarse con los Reyes, pero ya
era tarde, porque todos sus bienes y mayorazgos habían pasado a otras
manos de las que ya no era posible arrancarlos. La Monarquía española estaba resuelta a constituirse en unidad nacional y por tanto se hacía preciso la incorporación de los maestrazgos a la Corona. En 1530, la Orden obtuvo del Papa Clemente VI, la potestad plena para corregir, alterar, limitar y reformar sus estatutos. En 1540, el Papa Pablo III concedió a los caballeros legos de Alcántara relajación del voto absoluto de castidad y libertad para disponer de sus bienes. Cuando ya no fue necesario su esfuerzo guerrero, la Orden de Alcántara se orientó por otros campos y así estableció un colegio en la Universidad de Alcalá que fue posteriormente trasladado a Salamanca por acuerdo del capítulo celebrado en Madrid en el 1552. |
| Estos fueron los Maestres de la Orden de Alcántara: |
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01.- Suero
Fernández Barrientos (1156-1174) |
14.- Ruy Pérez
Maldonado (1334-1335) |
27.- Ruy Díaz
de la Vega (1371-1375) |
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La celada o almete era el casco que cubría la cabeza por completo. Éste tiene una visera móvil que se encajaba en el casco mediante dos pernos que permitían levantarla cuando fuera necesario. También tiene una pequeña cresta con un orificio para colocar un penacho de plumas y la parte posterior móvil, que se levantaba para formar un cubrenuca.
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El escudo era lo bastante largo para no ofrecer puntos débiles en el flanco. Como miembro de una orden militar ostentaba el símbolo de la cruz. |
La espada tradicional de lucha era de hoja larga y de filos paralelos, con guarda recta y rematada en un pomo circular. Iba enfundada en una vaina que colgaba del cinturón del caballero. |
La silla de montar era un elemento fundamental para el dominio del caballo. Los borrenes o arzones altos se curvaban para permitir que las caderas del jinete encajaran perfectamente en la silla. De este modo el caballero podía manejar el "destrier" durante el combate con un simple movimiento de sus piernas. |
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