Insigne Orden del Toisón de Oro    

 
Real y Distinguida Orden Española de Carlos III
Real Ord. de Damas Nobles de la Reina Mª. Luisa
Real Orden de Isabel la Católica
Orden Civil de Alfonso X el Sabio
Ord. del Mérito Agrario, Pesquero y Alimentario
Orden del Mérito Civil
Orden de África
Orden Civil de Sanidad
Orden de la Cruz de San Raimundo de Peñafort
Orden de Cisneros
Real Orden del Mérito Deportivo
Orden Civil de la Solidaridad Social
Órdenes Civiles extinguidas o en desuso
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        Sobre estas líneas, el Archiduque Alberto de Austria luciendo los tres mantos de ceremonia de la Insigne Orden: el rojo, para el Capítulo; el blanco, para la función de la Santísima Virgen; y el negro, para las honras funerales. Láminas del siglo XVII incluidas en el "Códice de la Emperatriz". (Madrid, Instituto Valencia de Don Juan)

 

     La Insigne Orden del Toisón de Oro fue establecida por Felipe el Bueno, Duque de Borgoña, en el año de 1430. La brillante historia de la que ha sido justamente calificada como la más gloriosa y la más ilustre Orden caballeresca de todos los países y de todos los tiempos, ofrece un notabilísimo atractivo. El que además sea —junto con la Grandeza— la más preciada recompensa que puede otorgar la Majestad Católica, han provocado numerosas aproximaciones a su realidad histórica: nos referimos a las clásicas obras del Obispo Guillaume Pillastre (+1473), segundo canciller de la Orden, manuscrito del 1460; de Alvar Gómez de Ciudad Real, De Mílitía Príncípís Burgundi quam Vellerísaureí vocant (Toledo, 1540; hay traducción al castellano); de Juan Francisco Pugnatore, Origen del nobilísimo Orden del Toisón (Palermo, 1590); de Jean Jacques Chifflet, Insignia gentilicia equítum Ordinis Vellerís Aurei (Amberes, 1632); de Mollinet, La Toisón d'Or ou recueíl des statuts et ordonnance du noble Ordre (Colonia, 1689); de Julián de Pinedo y Salazar, Historia de la Insigne Orden del Toisón de Oro (Madrid, 1787), en tres volúmenes; y del barón de Reíffenberg, Hístoire de 1'Ordre de la Toisón d'Or (Bruselas, 1830). Ofrecen también indudable interés los estudios del Barón Kervyn de Lettenhove, La Toisón d'Or (Bruselas, 1907); de F. Mottard, La Toisón d'Or  d'Espagne (Bruselas, 1907); de L. Hommel, Hístoire du noble ordre de la Toisón d'Or (Bruselas, 1947); de V. Tourneur, Les origines de 1'Ordre de la Toisón d'Or (Bruselas, 1956); del español don José Romero de Juseu, marqués de Cárdenas de Montehermoso, El Toisón de Oro. Orden Dinástica de los Duques de Borgoña (Madrid, 1960); de Fortuné Koller, Au service de la Toisón d'Or. Les officíers (Dison, 1971); y del Barón Pínoteau, Les Chevalíers de la Toisón d'Or (1973).

     Últimamente ha aparecido una obra colectiva dirigida por Rafael de Smedt, bajo el título Les chevalíers de 1'Ordre de la Toisón d'Or au XV síécle (Francfort, 1994); y también la síntesis de la historia del Vellocino, formada por nuestro compañero Guy Sainty (Milán, 1995). Y más recientemente ha visto la luz la magna obra La Insigne Orden del Toisón de Oro (Madrid, 1996), debida, entre otras personas, a los autores de este manual. Esta larga relación, no exhaustiva, nos  muestra cómo la Orden del dorado Vellocino ha llamado poderosamente la atención, en todos tiempos, de autores  borgoñones, flamencos, españoles, italianos, franceses e ingleses.

 

     Prescindiendo de las circunstancias históricas —mejor dicho, políticas y dinásticas— que rodearon la creación de la Insigne Orden, diremos que, desde su juventud, Felipe III el Bueno, Duque de Borgoña (1419-1467), dio vivas muestras de su interés por la defensa de la Cristiandad. El Duque Felipe todo lo reunía: prestancia, talento, simpatía, excepcional valor, diplomacia y poder; su largo mandato estuvo marcado por el triunfo de Borgoña y por el establecimiento de una corte brillante de refinadísimo ceremonial. Esta etiqueta ceremonial de Borgoña pasó luego a España mediante el matrimonio del Archiduque Felipe con la Princesa Doña Juana (1496), y desde aquí al Imperio (luego a Austria), reinando el César Carlos. Decía que el Duque, siguiendo las ideas de Philíppe de Méziéres, se decidió a retomar un viejo proyecto de su abuelo el Duque Felipe el Atrevido (1363-1404), de fundar una orden caballeresca de gran prestigio, para luego encabezar una expedición cristiana para vengar el desastre de Nicópolis y recuperar Jerusalén para la Cristiandad, Sólo era preciso buscar una ocasión propicia. Y la ocasión llegó cuando el Duque se ocupaba de vengar el asesinato de su padre el Duque Juan sin Miedo (+1419), y estaba aliado con los ingleses contra Carlos VII de Francia. El Rey de Inglaterra le ofreció el collar de la Jarretera, que Felipe el Bueno rehusó para no ligarse a Enrique IV por un juramento de fidelidad —caso único en la historia de la Jarretera británica— bajo la diplomática excusa de que se proponía fundar su propia orden de Caballería. Y así Felipe, aprovechando luego la ocasión que le proporcionaban sus bodas con la Infanta Doña Isabel de Portugal, proclamó en la ciudad de Brujas, el 10 de enero de 1430, la creación de la noble Orden del Toisón de Oro. Las ceremonias de esta proclamación, que se hicieron con todo el boato que acostumbraba la corte borgoñona, provocaron entre la población flamenca un vivísimo entusiasmo.

 

        El objetivo principal de la Orden es la gloria de Dios y la defensa de la Religión; al mismo tiempo debe reverenciar a la gloriosa Virgen María y al apóstol San Andrés, patrono de la Casa de Borgoña, Secundariamente, la Orden se dirige al acrecentamiento del honor y de la Caballería, y al fomento de la virtud y de las buenas costumbres. No hay que olvidar, y esto es importantísimo, que esta Orden jamás ha estado vinculada a territorio alguno, sino que la jefatura se ejerce por sucesión ius sanguínis, como mayorazgo regular en la descendencia del fundador.

        Los primeros Estatutos, en número de sesenta y seis, y redactados en lengua borgoñona —solamente un siglo más tarde se traducirían al latín—, fueron promulgados el 22 de noviembre de 1431, con ocasión del primer Capítulo de la Orden, celebrado en Lille, durante el cual fueron también declarados por el Duque los primeros 24 caballeros. Estas reglas fijaban el número de caballeros en treinta y uno, los cuales debían ser nobles de linaje y armas, llenos de lealtad al Duque soberano, al que juraban amor y ayuda. Entre ellos debían formar una amigable compañía, profesándose amour et fraternité. Ninguno de ellos podría pertenecer a ninguna otra orden caballeresca —salvo sí fuera precisamente su maestre o jefe—. La pertenencia a la Orden es vitalicia, pero los caballeros pueden ser expulsados en caso de que cometan alguno de tres graves delitos: concretamente los de herejía, traición o felonía hacia el soberano, y huida o simple retirada del campo de batalla. Y hay que decir que estas normas se aplicaron durante los siglos XV y XVI a varios caballeros, que fueron expulsados efectivamente.

        El collar de la Orden se describe en el estatuto tercero; se compone de fusíls —es decir eslabones estilizados en forma de B— que encuadran pedernales de los cuales parten llamaradas. De  su  frente  pende  enganchado un dorado pellejo o

 


   
Escena de un capítulo de la Insigne Orden durante el siglo XV, en una miniatura contemporánea. (Copenhague, Det Kongelige Bibliotek)

 

vellocino de carnero.   Eslabones,  pedernales  y  llamas  eran  la  divisa personal del Duque fundador, cuya ánima decía Ante ferít quam flama mícet (golpea antes de que surja la llama). Estos collares pertenecen a la propia Orden, y tras la muerte de cada caballero se devuelven a la misma en el trimestre que sigue; por eso van numerados.

 

        Estatutariamente cuenta para su buen gobierno con cuatro oficiales: un canciller, un tesorero, un grefíer y un rey de armas. El canciller es el más importante Oficial de la Orden, encargado de la custodia de su sello, de examinar las cuentas, de preparar los capítulos y controlar la elección de caballeros, de pronunciar la oración fúnebre de cada uno de éstos, de hacer como colofón de cada capítulo un sermón o exhortación sobre la grandeza de la Orden y, en fin, del despacho de todos los asuntos de la misma; fue oficio casi siempre servido por eclesiásticos o por algunos señores laicos de elevado rango; desde 1794 hasta 1931, lo ha venido desempeñando el cura del Real Palacio.

        El tesorero está al cargo de todo el archivo de papeles de la Orden, y de las alhajas, mantos, ornamentos y reliquias de su pertenencia; también de los dineros y cobranzas de su fundación, llevando para ello los libros necesarios; está obligado por eso a prestar caución inmobiliaria —aunque desde 1717 este oficio sólo se provee con el carácter de interino—. El grefíer escribe dos libros iguales en que se recoge la historia de la Orden, sus constituciones y ordenanzas, y los retratos del fundador y de los caballeros (uno de ellos quedaría depositado en el coro de la capilla del Duque, en Dijon, sede de la fundación, mientras que el otro ejemplar se llevaría a los capítulos, allá donde se celebrasen). Además debe llevar un tercer libro en que se escribiesen las proezas y acciones más señaladas de los caballeros; y un cuarto libro donde se escriben las actas y acuerdos de los capítulos. Por estas razones, debía conocer bien el latín, el borgoñón, y el flamenco. Desde mediados del siglo XIX este oficio lo sirve, con el carácter de habilitado, el rey de armas, que es siempre el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores.

 


Detalle del collar llamado "potencia" que usaba el rey de armas Toison d'Or.

 

        Por último, el rey de armas, que además de la cota de armas llevaba sobre sus ropas un escudo de oro y esmaltes con las armas del soberano —más tarde del soberbio collar denominado potence—, está encargado de las relaciones exteriores, de cursar toda la correspondencia de la Orden, y sobre todo de avisar los nombramientos personalmente a los nuevos caballeros, entregándoles las cartas de aviso y los collares. También debe averiguar las proezas y hechos memorables de cada caballero, para informar luego al grefier, y por último interviene de manera notable en todas las ceremonias y funciones. Desde 1794 este oficio quedó anejado al cargo de oficial mayor de la primera Secretaría de Estado, que es hoy el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores. Todos ellos deben prestar un especial juramento de lealtad a la persona del Soberano de la Orden, y de guardar secreto sobre los asuntos despachados. Estos cuatro oficiales vestían en las ceremonias unos mantos de color escarlata parecidos —que no iguales, pues no llevaban pieles— a los de los caballeros, y obtenían por su trabajo ciertos emolumentos.

        Parece conveniente decir algo acerca de las leyendas de las que tomó su nombre y su emblema esta Orden; sobre las cuales muchos autores pasan sin más que citarlas. La leyenda mitológica del Toisón de Oro, divulgada por el romano Ovidio, se origina en una intriga urdida por Ino, segunda esposa del Rey Athanas de Orcomenos, contra los hijos de éste nacidos de un primer matrimonio con Nefele. Ésta salva a los niños, llamados Frixos y Helle, enviándoles atados sobre un carnero de oro a Aietes, Rey de Aia, en la Cólquida; pero solamente Frixos llega, pues Helle se ahoga en el mar —de ahí el nombre de Hellesponto—, Frixos es recibido por Aietes y se casa con su hija, Kaikiope. El carnero dorado es sacrificado a Zeus, y  su piel o vellocino —toisón en borgoñón— es  suspendida de un árbol guardado por un dragón.

    

        La leyenda de los Argonautas cuenta luego cómo este toisón de oro fue llevado al Rey Orcomenos. Cincuenta héroes, llamados Argonautas —por el nombre de su navio, el Argos—, dirigidos por Jasón, se embarcan hacía la Cólquida con el fin de traer el toisón. Allí, el Rey Aietes les promete liberar a Jasón, bajo la condición de que éste logre enganchar un arado de bronce a dos toros que escupían fuego, y mate luego a los guerreros que salen de entre los dientes del dragón. Y, gracias a la magia de Medea, hija del Rey, Jasón cumple con las condiciones impuestas. Pero Aietes rehusa entregar el toisón: Medea, entonces, duerme al dragón que lo custodia, y fue así como Jasón se hizo dueño del dorado vellocino y pudo entregarlo, no sin antes correr grandes peligros, al Rey Orcomeno. La adopción de este mito como fundamento de  la Orden borgoñona se explica perfectamente: de una parte,  por la  familiaridad  del Duque  con  esta leyenda, que estaba  representada  en  una  serie  de  tapices  heredados  de  su  abuelo  homónimo; además  una  de  sus  lecturas  preferidas  era  la  Hístoire  de  Troyes. Y, por otra parte, representaban bien el conocido propósito del joven Duque de encabezar una expedición militar para recuperar los Santos Lugares: consideraba a los Argonautas los primeros caballeros del Toisón, a Jerusalén como el precioso vellocino, y a los ígneos emblemas de su divisa como recuerdo del dragón y de los toros que lo custodiaban. En todo caso, esta leyenda pagana no fue grata a los prelados borgoñones, que la consideraban impropia de una orden destinada precisamente a defender la Cristiandad, Por esta razón, ya en el primer Capítulo (Lille, 1431), el obispo de Nevers, primer canciller de la Orden, planteó algunos inconvenientes morales y propuso su sustitución por el héroe bíblico Gedeón, que realizó un doble milagro sobre una piel de borrego —toisón—, expuesta a la lluvia sin mojarse, y más tarde empapada de agua en pleno desierto, presagiando la victoria sobre los madianitas. Pero, no obstante la adopción de este héroe bíblico como padrino de la Orden, el mito de Jasón nunca abandonó del todo el ánimo de los caballeros, que le dedicaron algunas fiestas famosas, como el Voeu du Faisán, en 1454.

 


 Carlos V con el Toisón de Oro. Strigel. Galería Borghese (Roma).

 

 

        La Orden —merced a su vistoso ceremonial y a la dotación económica de sus soberanos— desarrolló una brillante existencia durante el siglo XV. En cada capítulo —se celebraron 17 desde 1431 a 1505—, fueron elegidos nuevos compañeros, se resolvían los conflictos entre ellos, se vigilaban sus privilegios y exenciones fiscales, y se trataban asuntos de alta política. Notemos que el funcionamiento interno era bastante participativo: el Soberano solamente tenía un doble voto, y además se le llamaba benévolamente la atención sobre sus defectos gubernativos por los propios caballeros, sus compañeros. Tal ocurrió, por ejemplo, con Carlos el Temerario, a quien se reprochó tratar con aspereza a sus servidores, y hacer la guerra sin motivo suficiente; y con el mismísimo César Carlos V, quien fue reprendido por no despachar los negocios de gobierno con la necesaria celeridad, y ocuparse en cambio de cosas fútiles.

        El Duque Felipe, en una evidente utilización de la Orden con fines políticos, dotó a los caballeros de importantes privilegios, señaladamente los de asistir libremente a los supremos consejos de aquella monarquía, y de gozar de grandes exenciones fiscales. Además, la Orden celebraba frecuentes fiestas y ceremonias, tanto religiosas —la fiesta de San Andrés, las procesiones—, como profanas —por ejemplo, la ya citada fiesta del Voeu du Faisán, en 1454, es famosa.

        Durante el periodo puramente borgoñón —1430 a 1506— fueron elegidos en los sucesivos capítulos hasta 127 caballeros. Tras recibir la noticia de su nominación, el agraciado debía contestar por escrito manifestando su aceptación, y esperar al próximo capítulo para recibir la investidura en medio de una solemne ceremonia. Los príncipes extranjeros, sin embargo, estaban dispensados de tal requisito, y hasta el siglo XVIII normalmente era el rey de armas de la Orden —a veces por sí, a veces acompañando a un gran señor— quien llevaba las insignias hasta su residencia, verificándose allí la investidura por medio de una ceremonia también muy solemne.

    El año de 1477 supuso un cambio drástico en la monarquía borgoñona, pues el Duque Carlos el Temerario

 
 

fue muerto  por  los  franceses  en la batalla de Nancy, y el Ducado de Borgoña con su capital fue conquistado por Luis XI de Francia. La herencia borgoñona recayó en su única hija, María (1477-1482), cuyos estados quedaron reducidos a los Países Bajos y el condado de Borgoña o Franco-Condado. La jefatura de la Orden pasó entonces a desempeñarla su marido el archiduque Maximiliano de Austria, electo luego emperador. La Insigne Orden se vinculaba así a la Serenísima Casa de Austria, vínculo conservado durante más de doscientos años.

 

                En 1482 sucedió en el trono y en esta soberanía el Duque Felipe el Hermoso (1478-1506), luego Rey de Castilla y León por el matrimonio que contrajo en 1496 con la Princesa Doña Juana, De su mano llegaba la Insigne Orden a España. Y como bajo el reinado de su hijo y sucesor Don Carlos I, luego emperador, la Monarquía Hispánica se convirtió en la primera potencia europea, el Toisón de Oro alcanzó la preeminencia sobre todas las demás órdenes dinásticas y caballerescas de la Cristiandad.

 

    Retrato del Rey Don Felipe II, quinto Jefe y Soberano de la Insigne Orden del Toisón de Oro, vistiendo el manto capitular de la misma. (Bruselas. Bibliothèque Royale Albert I)

 

        Durante las soberanías de los cinco monarcas de la Casa de Austria, la Orden alcanzó, pues, un prestigio incomparable, que en gran medida se ha mantenido hasta nuestros días. Don Carlos I y Don Felipe IV aumentaron el número de caballeros de la Orden, fijado definitivamente en 51, sin contar en este número al soberano. Además, Don Felipe II llevó a cabo una reforma sustancial de los estatutos, al obtener breve pontificio de 15 de octubre de 1577 mediante el cual quedaba facultado para el nombramiento de caballeros sin necesidad de contar con el capítulo —quizá como consecuencia del incidente habido en el capítulo de Gante (1559), donde fue electo Antoine de Lalaing, conde de Hoogstraten, contra la voluntad explícita del Rey Prudente—. Pero la vida de la Orden se mantuvo incólume, celebrándose periódicamente las ceremonias estatutarias, como nos recuerdan los textos de la época (por ejemplo, los diarios del embajador imperial conde de Pótting, caballero desde 1663 y fino observador de la vida en la corte de Madrid).

        Es importante recordar cómo la soberanía sobre la Orden se entendió siempre, durante este periodo, como una vinculación familiar y no territorial, separada totalmente de cualquier otro de los reinos, estados y señoríos vinculados y reunidos en la Corona española; y no lo es menos notar que desde sus mismos orígenes la Orden tuvo un carácter mixto dinástico y estatal. Por esta poderosa razón, cuando Don Carlos I hizo renuncia definitiva del territorio del antiguo ducado de Borgoña (Paz de las Damas, 1529), que había retornado a Francia años antes, se reservó el título ducal y la soberanía sobre la Orden, cuestión indiscutida por su oponente francés. Y cuando el propio César hizo abdicación de todos sus estados (25 de octubre de 1555), renunció previa y separadamente al ducado de Borgoña y maestrazgo del Toisón —el 22 de octubre—, levantando el juramento de sus caballeros hacia su persona. Por lo mismo, cuando en 1598 el Rey Prudente  cedió la soberanía sobre sus Países Bajos católicos a favor de su hija Doña Isabel-Clara-Eugenía, se reservó igualmente esta especial soberanía sobre la Insigne Orden, junto al título ducal de Borgoña. Durante este periodo histórico (1505-1700) se celebraron solamente seis capítulos —el último el citado de Gante—, uno de ellos, el de Barcelona de 1519 —único  celebrado  fuera  del territorio del Ducado— y  fueron electos o  nombrados

 
hasta 613 caballeros.
 

        El fallecimiento, en 1 de noviembre de 1700, de Don Carlos II, último monarca de la Casa de Austria en España, tuvo en la Orden —como en todo el Reino— gravísimas consecuencias. Aunque el Rey había nombrado sucesor a su sobrino nieto el Duque de Anjou —quien inmediatamente fue proclamado en todos los Reinos—, se inició al poco tiempo (1702) una guerra de sucesión por parte del archiduque Carlos, igualmente sobrino, aunque más lejano, del difunto Rey, como nieto de una tía del último Austria español. Mientras que el Rey Don Felipe V hizo uso desde 1701 de la soberanía sobre el Toisón, el archiduque pretendiente —ya emperador— lo retrasó hasta 1712, fecha de sus primeras nominaciones.

        Los tratados internacionales que pusieron fin a las hostilidades —Utrecht, 1713; Cambraí, 1725—, no determinaron —dada la inflexibilidad de ambos contrincantes— sobre la legítima pertenencia del maestrazgo de la Orden, Tampoco los tratados de Aix-la-Chapelle (1748) y de Italia (1752) pusieron fin al debate, aunque sirvieron para lograr una entente entre ambas cortes. Desde entonces existen en realidad dos ramas del Toisón de Oro, una gobernada por los Reyes de España, y la otra dirigida por los Emperadores austriacos. El tesoro y archivos de la Orden, que se guardaba en Brujas, cayeron en poder de los austriacos, quienes en 1794-1797 lo trasladaron a Víena, donde hoy se conserva —aunque, ya lo hemos dicho, en Madrid quedaron documentos importantísimos.

        Por ello conviene, antes de pasar adelante, comentar brevemente la famosa y antigua cuestión jurídica sobre esta división. El argumento con que el Archiduque sostuvo su derecho, fue el de que la Infanta Doña María Teresa —abuela del francés— había renunciado a sus derechos al Trono español por el Tratado de los Pirineos (1660), mientras que su abuela la Infanta Doña Mariana nunca lo había hecho. Pero este argumento queda desvirtuado por un hecho definitivo; que además, sin negar la renuncia de la Infanta Doña María Teresa, es lo cierto que el legítimo Rey Don Carlos II le reconoció sucesor, obviándola, y que las cortes de los Reinos le juraron por tal en 1701 —habiendo además obtenido la aquiescencia del Papa respecto a tal llamamiento sucesorio—. Volvía entonces el Archiduque alegando que la soberanía sobre el Toisón obedecía a una sucesión agnaticia que correspondía por varonía a la Casa de Austria, y que el Borbón no pertenecía como tal a ella; pero este segundo argumento decae igualmente si recordamos cómo el Toisón llegó a la Casa de Austria precisamente por la vía femenina de la Duquesa María de Borgoña —quien por cierto tenía parientes agnados de la Casa de Borgoña—, y cómo no hay documentación alguna sobre esa supuesta vinculación a la Casa de Austria —muy al contrario, las renuncias de 1555 y 1598 se oponen a esta pretensión.

 

        Por último, y en beneficio de los legítimos derechos de Don Felipe V, queremos precisar que al ser proclamado Rey, le dieron la obediencia todos los caballeros del Toisón, incluidos los que residían en Flandes, así como los cuatro oficiales; y que sólo a partir de la invasión de los Países Bajos españoles por el ejército imperial, algunos caballeros se pasaron al bando del Archiduque —pero todos los oficiales permanecieron fieles al Rey legítimo—. No hay que olvidar, además, que el Archiduque pretendiente no decidió atribuirse la jefatura del Toisón de Oro hasta doce años después, ya coronado Emperador de Romanos, hecho que denota su inseguridad en cuanto a esta reclamación.

        Por el Tratado de Cambrai (1725), las Potencias acordaron que cada uno de los dos contrincantes continuara utilizando vitaliciamente los títulos asumidos; pero que a su muerte cesase tal uso, reconociéndoseles tan sólo aquellos títulos correspondientes a los territorios que les hubieran correspondido. Y por eso cuando en 1740 falleció el Archiduque, ya Emperador Carlos VI, el Rey de España protestó formalmente para que la Casa Imperial dejara de atribuirse la jefatura del Toisón, que claramente correspondía al Rey de España como Duque de Borgoña; pero sin éxito. El Tratado de Italia (1752) dejó las cosas en el mismo estado. Todavía se planteó de nuevo esta cuestión en 1919, cuando tras el triunfo de los Aliados en la Primera Guerra Mundial, el Rey de los Belgas pretendió atribuirse esta soberanía, a lo cual no accedieron las Potencias presentes en la conferencia de Versalles, por entender que se traba de una soberanía hereditaria no territorial. En aquel mismo momento, el Rey Don Alfonso XIII reclamó a la jovencísima República Austriaca, con ningún éxito, el tesoro del Toisón, episodio éste muy poco conocido.

 

     Retrato del rey D. Felipe V portando el Collar de la Insigne Orden.

 

        Durante el siglo XVIII, los sucesivos Reyes de España apenas innovaron nada respecto al Toisón de Oro, que continuó su existencia observando con notable fidelidad sus Estatutos; notemos  en  especial  cómo  se  celebraban  regularmente las funciones religiosas estatutarias en las capillas de Dijon y de Madrid (capilla real); cómo el Papa expidió numerosos breves a favor de los sucesivos soberanos españoles, autorizándoles a nombrar caballeros sin formar capítulo —el último es de 1801—; y cómo los caballeros seguían recibiendo del soberano su ración diaria de pan y vino —dulces los días de vigilia. Cuando en 1724 Don Felipe V abdicó en favor de su hijo el Príncipe Don Luis, hizo, como correspondía, renuncia separada de la soberanía del Toisón de Oro; pero declaró que quedaba unida para siempre a la Corona de España, Esta declaración, mal entendida, tendría consecuencias ochenta años después. Por otra parte, a partir del primer tercio del siglo XVIII, los collares no se enviaban por medio del rey de armas, sino que el propio soberano imponía el collar al agraciado en Palacio, durante una ceremonia sencilla, convocándose al efecto un capítulo reducido, formado por los caballeros residentes en la Corte. Y desde 1771 los cargos de la Orden pasaron a ser regularmente desempeñados por funcionarios de la primera Secretaría de Estado y del Despacho, luego llamada Ministerio de Estado (hoy de Asuntos Exteriores).

        En 1755 el Rey Don Fernando VI ordenó la reunión de una junta del Toisón de Oro, compuesta por los ocho caballeros más antiguos que residieran en Madrid, con el canciller y grefier, al efecto de estudiar el fomento y la restauración de la Orden, Esta Junta produjo dos documentos importantes (abril y octubre de 1755), y sus conclusiones nos proporcionan una verdadera radiografía del estado de la Orden en aquellos días. La terrible conmoción nacional iniciada en mayo de 1808 con la invasión napoleónica tuvo gravísimas consecuencias para la Insigne Orden del Toisón de Oro. Cautiva la Real Familia, los Reinos fueron gobernados sucesivamente por una serie de altos organismos —Junta Suprema, Regencia, Cortes— que, entendiendo que actuaban en nombre del Rey ausente, llevaron a efecto algunas concesiones del collar del Toisón de Oro, la mayoría de las cuales fueron confirmadas por Don Fernando VII a su retorno (sirva de ejemplo el otorgado al duque de Wellington). Por su parte, el Intruso también concedió algunos toisones a sus familiares y partidarios, que por supuesto nunca fueron reconocidos por el Monarca legítimo luego de su liberación.

        Notemos que el Toisón de Oro, sin perjuicio de conservar su enorme prestigio histórico, continuaba considerándose una Orden mixta, dinástica y estatal, y a partir de entonces, además, una dignidad inherente a la propia Corona, Así lo creyeron los gobernantes patriotas, que por eso no tuvieron respeto alguno al concederlo, y así lo creyeron los afrancesados, que consideraron era una orden nacional, por cierto la única que no fue abolida con las demás por el Decreto de 20 de septiembre de 1809.

 


Fernando VII, XVI Jefe y Soberano de la insigne Orden, vistiendo el manto ceremonial.

 

        La quiebra de los principios tradicionales significó además, con la primera concesión a Wellington, el acceso en la Orden a personas nico anglicano—; el zar Alejandro de Rusia, ortodoxo; el rey Federico Guillermo de Prusia, luterano; el príncipe de Orange, protestante... Para evitar la contradicción de los Estatutos, a petición de Don Fernando VII, el Papa Pío VII declaró en 28 de diciembre de 1817, el derecho del Rey de España para elegir caballeros no católicos, los cuales tendrían el carácter de supernumerarios. Aquel mismo año se formó una Junta de la Orden para entender de sus asuntos y negocios, presidida por el Infante Don Carlos, Por lo demás, las cosas de la Orden continuaron en el mismo estado durante los años de 1814 a 1847, y la única novedad digna de mención fue el establecimiento, en noviembre de 1824, de una insignia especial para los cuatro oficiales de la Orden, que desde entonces efectivamente se ha venido utilizando regularmente. Esta nueva concepción de la naturaleza jurídica del Toisón de Oro manifestaría mayores consecuencias una vez instaurado el régimen constitucional —cuyos gobernantes abusaron en todos sentidos de una institución que en realidad les debía de haber sido ajena—, sobre todo a partir de los años 1847-1851. En primer lugar, porque ya en 1833 se produjo la primera agresión grave a los estatutos fundacionales, cuando al suceder en el trono español la niña Doña Isabel II, no se nombró soberano de la Orden a un Infante varón; ni tampoco se verificó en 1846, en la persona de su marido el Rey Don Francisco de Asís, Por cierto que algún gobierno liberal se atrevió incluso a tachar de las nóminas al depuesto Rey Carlos X de Francia y a otros príncipes y nobles franceses legitimistas. Poco más tarde, el Real Decreto de 26 de julio de 1847 declaró, ya de un modo explícito, la doble condición dinástica y estatal de la centenaria Orden, sujeta a la intervención del Consejo de Ministros y susceptible de ser concedida libremente, sin atender a los viejos requisitos personales, de nobleza de sangre y de catolicidad.

 

        Y así, durante el periodo que corre desde 1851 hasta nuestros días, el collar ha sido concedido, como  máxima  condecoración  nacional  española,  a  personas no nobles —creemos que el ministro francés Guizot fue el primero—; no católicas —que como antes dijimos, proliferaron durante los siglos XIX y XX; son notables los emperadores del Japón—; e incluso mahometanas —fueron los primeros casos los del Sultán Abdul Aziz y el Bey de Túnez, ambos en 1870—. Es más, incluso se efectuaron concesiones por personalidades ajenas al soberano hereditario; nos referimos al regente Duque de la Torre (1868-1870), y el Rey Don Amadeo —verdadero monarca de España, pero no soberano del Toisón—; las cuales fueron sin embargo reconocidas por el Rey Don Alfonso XII a su retorno a España. El Toisón de Oro perdió su carácter de Orden de Estado por decisión de los gobiernos republicanos —decretos de 29 de marzo de 1873 y de 24 de julio de 1931.

        Don Alfonso XIII no efectuó ninguna nominación del Toisón de Oro durante el decenio que duró su exilio —con la salvedad de la concesión, en enero de 1938, a favor de Su Majestad reinante—. Los nueve soberanos de la Casa de Borbón concedieron desde 1700 hasta 1931 un total de 558 collares.

 

        Habiendo sucedido en la jefatura de la Orden el augusto señor Conde de Barcelona en 1941, mantuvo durante algunos años la misma prudencia paterna en la concesión de los collares. Solamente en 1960 modificó esta costumbre, otorgando el collar a Balduino I, Rey de los Belgas. A esta primera concesión seguirían otras, hechas a favor de los reyes Pablo y Constantino de Grecia (1962 y 1964, respectivamente), del Duque de Calabria (1964) y del Duque de Parma (1964). Se observa durante esta época un retorno a los estatutos fundacionales del Toisón de Oro, y a su carácter puramente dinástico; los títulos se expidieron en francés con arreglo a la fórmula antigua, y no fueron refrendados por autoridad palatina alguna. Los nuevos caballeros gozaban de la nobleza de sangre, y eran católicos u ortodoxos. Con la renuncia del Conde de Barcelona (14 de mayo de 1977), las cosas han vuelto paulatinamente a ser lo que fueron durante el anterior régimen constitucional.

        En cuanto al cómputo del número de caballeros que desde su fundación han recibido el Toisón de Oro, utilizando la relación formada por nosotros mismos —que corrige notablemente la del conde Thierry de Limburg Stirum. publicada en el catálogo de la exposición sobre esta Orden que tuvo lugar en Brujas en 1962— obtenemos los 1192 collares legal y legítimamente concedidos desde 1430 hasta 1995, en que se otorgó el último, distribuidos por reinados del modo siguiente:

     

Jefes

Collares

Proporción anual

Felipe el Bueno

15

2,03

Carlos el Temerario

63

1,66

Maximiliano III

17

4,25

Felipe I

32

1,30

Carlos I

84

2,15

Felipe II

71

1.65

Felipe III

61

2,65

Felipe IV

123

2,79

Carlos II

142

4,05

Felipe V

103

2,28

Luis I

2

1,80

Femando VI

26

2,00

Carlos III

54

1,86

Carlos IV

53

2,65

Femando VII

82

3,28

Isabel II

81

2,18

Alfonso XII

47

2,93

Alfonso XIII

102

2,04

Juan (III) (Conde de Barcelona)

5

0,13

Juan Carlos I

15

0,68

 

        Actualmente la Insigne Orden está gobernada por Su Majestad Católica Don Juan Carlos de Borbón, su XXI Jefe y Soberano. Durante su jefatura se han concedido quince collares. La sede del Capítulo se mantiene nominalmente en el templo madrileño de San Jerónimo el Real; mientras que la de la Cancillería, que desde 1751 hasta 1931 permaneció en el Ministerio de Asuntos Exteriores, se encuentra hoy situada en el propio Palacio Real. Los archivos de la Orden están repartidos entre el Archivo General de Palacio, el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores y el Archivo Histórico Nacional (sección de Estado). El actual Jefe y Soberano de la Orden no ha convocado capítulo en los más de veinticinco años de reinado, ni ha ordenado celebrar las funciones religiosas estatutarias en Dijon y Madrid, ni tampoco ha procedido al nombramiento del Consejo y los cuatro oficiales que han de gobernar la Orden. También ha evitado utilizar el borgoñón como idioma oficial de la Orden; los diplomas y títulos, muy breves y de burocrática redacción, se expiden en español.

        En 1985 se produjo una novedad importante: Su Majestad concedió el collar de la Orden a la Reina de los Países Bajos; poco más tarde han recibido el collar la Reina de Dinamarca, en el mismo año 1985, y la Reina de Inglaterra en 1988.

        Finalmente, es de notar que, de las 51 plazas estatutarias, solamente doce permanecen hoy ocupadas; y que únicamente existen dos caballeros españoles, ambos dinastas; el Príncipe de Asturias y el Infante Duque de Calabria. Han muerto en estos últimos años otros cuatro caballeros elegidos por el actual Soberano: D. José María Pemán, el Duque de Fernández Miranda, el duque de Alburquerque y el Marqués de Mondéjar.

        La fiesta principal de la Insigne Orden es, sobre todas y muy principalmente, el día de San Andrés Apóstol —30 de noviembre—, como patrono tutelar de la Casa de Borgoña y de dicha Orden. También lo son, a tenor de lo establecido en los artículos 22 y siguientes de las Constituciones de 1430, reformadas en el capítulo celebrado en Bruselas en 1516; la Natividad del Señor; los días de Pascuas; el día de Pentecostés o Pascua de Espíritu Santo; y asimismo los días de fiesta que siguen a las grandes festividades —todos los días consagrados a la Virgen, el día de la Circuncisión del Señor, el de su Ascensión; el del Corpus; el día de Todos los Santos; el de San Juan Bautista; los de los Doce Apóstoles; y el de Pascua de Reyes. Aparte, son también fiestas de la Orden los días del cumpleaños de Su Majestad reinante (5 de enero) y de su santo (24 de junio); los días de San Fernando (30 de mayo) y San Luis (25 de agosto), patronos de la Dinastía; y, quizá, las grandes fiestas nacionales.

        La Orden del Toisón de Oro tiene, desde los ya lejanos días de su fundación, una sola y única categoría: la de Caballero. No ha seguido, pues, los pasos de otras antiguas Órdenes de collar y de fe, que en el devenir de los tiempos han ido creando nuevas categorías en su seno. Los nombramientos de las Reinas europeas precitadas se han hecho sin modificar los Estatutos, concediéndoles el collar sin más precisiones.

        Tuvo la Insigne Orden numerosos e importantes privilegios, particularmente de orden político —libre acceso a los Consejos del Rey—, y fiscal —exención completa de impuestos—. Actualmente no se conserva ninguno, salvo el del tratamiento de Excelencia, que como a primos y parientes del Rey les corresponde. Pueden además disponer sus armas en el coro de la catedral o templo en que se celebran las sesiones capitulares —el que tiene la Orden señalado es, como dijimos, el templo madrileño de San Jerónimo el Real.

        La insignia consiste en un precioso collar que en el estatuto tercero se describe así: "Un collíer d'or faít á nostre devise, c'est á sçavoír par píeces á facón de fusíls touchants a. píerres dontpartent estincelles árdanles, et au bout d'icelu collíer pendant la semblance d'une Toisón d'or". (traducido: "Un collar de oro formado por nuestra divisa, es a saber, por piezas en forma de eslabones golpeando pedernales, de los que parten centellas ardientes, ya al fin de este collar pendiente, una figura de un Toisón de oro...") También previene este mismo artículo que los collares son propiedad de la misma Orden, y que por lo tanto los caballeros investidos sólo deben usufructuarlo en vida, devolviéndose, al fallecer, en idéntico estado en que se recibió; se prohíbe expresamente, pues, enajenar o empeñar esta presea. Por otra parte, todos los caballeros de la Insigne Orden estaban formalmente obligados a ostentar sobre sus hombros el collar del Toisón de Oro, todos y cada uno de los días del año —salvo en ocasión de campaña de guerra, dilatado viaje, o necesaria compostura de la joya—. Durante el periodo flamenco-borgoñón llevaban cotidianamente el collar, y en particular en las ocasiones militares.

        En el Capítulo de 1516, y en atención a la molestia que suponía llevar constantemente el collar de la Orden, se acordó que pudiesen en adelante los caballeros llevar una venera con el toisón y la divisa ducal pendiente de un cordón de oro; pero se mantuvo la primitiva obligación en ciertos y señalados días. Con el tiempo, esta sencilla venera se adornó con un lazo a modo de broche —en ocasiones de finísimos esmaltes o rica pedrería—, y desde el siglo XVIII el cordón se transformó en una cinta de seda roja, a modo de corbata. Modernamente, se luce también a modo de miniatura, sobre el ojal de la solapa del frac o chaqué. Los mantos capitulares, descritos en los Estatutos fundacionales, apenas se han usado desde 1700; aunque muchos caballeros han seguido la costumbre de retratarse vistiéndolos.

        El principal, verdadero uniforme de esta Orden, consiste en un manto de terciopelo o de lana, de color de grana, que va adornado por las aberturas de los lados y por el borde inferior de una guarnición bordada en oro, figurando eslabones y pedernales, y entre ellos algunas chispas que simulan haber saltado del roce de ambos, y con algunos toisones pequeños; van forrados estos mantos de pieles de marta cibellina. El atuendo se completa con un bonete del referido tejido, del que penden mangas de lo mismo.

Más información sobre la Insigne Orden- - - - - -

 

     La información expuesta ha sido obtenida de la obra "Las Órdenes y Condecoraciones Civiles del Reino de España", de D. Alfonso de Ceballos-Escalera y Gila y D. Fernando García-Mercadal y García Loygorri.