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        La historia, propiamente dicha, de las Órdenes y Condecoraciones Civiles españolas comienza con la creación por Don Carlos III, en 1771, de la Real y Distinguida Orden Española de Carlos III; una Orden de raíces nobiliarias y religiosas que, años más tarde, fue secularizada y convertida en Orden de Mérito. Su estructura y ceremonias inspirarán y condicionarán las de las restantes órdenes civiles españolas.

Insigne Orden del Toisón de Oro  

        La creación en 1792 de la Real Orden de Damas Nobles de la Reina María Luisa supone una novedad importante, pues se trata de una de las escasas instituciones reservadas al sexo femenino, y la primera de esta clase en España. Su prestigio fue, por cierto, inmenso en España, en Europa, y hasta en América; aunque hoy, lamentablemente, se encuentra en una situación jurídicamente confusa.

        En 1802, y a causa de la toma de Malta por Napoleón Bonaparte en 1798 -hecho que privó de territorio a los caballeros sanjuanistas-, el Rey Don Carlos IV incorporó a la Corona las dos lenguas españolas, las de Castilla y Aragón, de la Soberana y Militar Orden de Malta, que pudieron así continuar su secular existencia, aunque de manera precaria. A partir de 1847 esta Orden fue convertida en civil. Las concesiones de su cruz parece que cesaron en 1862, a instancias papales. Por fin, en 1885, a petición de la Santa Sede, el Rey de España suscribió un acuerdo con la Orden de Malta, en virtud del cual las lenguas españolas se reunieron con sus hermanas bajo la soberanía del Príncipe y Gran Maestre de la Orden de San Juan, en la que siguen hasta ahora. La conmoción nacional que supuso la invasión francesa, y la emancipación americana, trajo consigo la necesidad de premiar a santísimos patriotas que defendieron los derechos del Rey con las armas en la mano. Para ello se crearon las Reales y Militares Órdenes de San Fernando (1811) y de San Hermenegildo (1814), y la Real y Americana Orden de Isabel la Católica (1815). La Corona española será muy parca a la hora de crear nuevas  Órdenes hasta los comienzos del  siglo XX -con la  única excepción

Real y Distinguida Orden Española de Carlos III
Real Ord. de Damas Nobles de la Reina Mª. Luisa
Real Orden de Isabel la Católica
Orden Civil de Alfonso X el Sabio
Ord. del Mérito Agrario, Pesquero y Alimentario
Orden del Mérito Civil
Orden de África
Orden Civil de Sanidad
Orden de la Cruz de San Raimundo de Peñafort
Orden de Cisneros
Real Orden del Mérito Deportivo
Orden Civil de la Solidaridad Social
Órdenes Civiles extinguidas o en desuso

de la Orden Civil de Beneficencia en 1856, una verdadera Orden de Mérito, por cierto abierta a las mujeres, pues evidentemente bastaba con las tres ya existentes.

 

        En los albores del reinado de Don Alfonso XIII -monarca muy proclive a la etiqueta palatina y a las tradiciones cortesanas-, comienzan a crearse en España, a impulsos del elemento civil, el fenómeno coincide con un declive del militarismo decimonónico, lo que en Francia se han venido denominando Órdenes ministeriales, esto es aquellas que, discernidas por un Ministerio en particular, sirven para premiar méritos sectoriales de su ramo.

        En 1902 se creó la Orden Civil de Alfonso XII –para méritos culturales y educativos–, y en 1905 la Orden Civil del Mérito Agrícola. En las postrimerías del reinado se crea la Orden del Mérito Civil, como recompensa de carácter más general para funcionarios y ciudadanos. Paralelamente, se produce durante el mismo período una extraordinaria proliferación de medallas de premio, unas diez, desde la Medalla Penitenciaria en 1901 a la Medalla de la Paz de Marruecos en 1927, y de medallas conmemorativas, sólo para conmemorar el centenario de diversas acciones de la Guerra de la Independencia se crearon trece medallas entre 1908 y 1914.

        El segundo período republicano se inició a este respecto con la abolición, entre julio y noviembre de 1931. de todas las Órdenes civiles españolas, con la única excepción de la de Isabel la Católica, que se conservó como la máxima distinción del Estado –con una leve modificación estatutaria–. La creación, en 1932, de la Orden de la República –como distinción civil de primer rango–; la de la Orden de África en 1933, y la titulación de Ciudadano de Honor de la República, cerró el panorama premial de la época.

 


Armas de Alfonso XIII Jefe y Soberano del Toisón de oro

 

        El nuevo Estado surgido de la guerra civil demostró en sus inicios ser un digno continuador de la monarquía alfonsina en cuanto a la fiebre condecoradora. A la creación de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas (1937), y la de una nube de condecoraciones menores de carácter político, siguió el restablecimiento de casi todas las Órdenes civiles tradicionales, extinguidas en 1931 y la fundación de cuatro nuevas Órdenes ministeriales: la Orden de Alfonso X el Sabio, sucesora de la antigua de Alfonso XII (1939), la Orden Civil de Sanidad (1943), la Orden de San Raimundo de Peñafort (1944), y la Orden de Cisneros (1944). Esta proliferación de Órdenes de segundo rango, en su mayor parte muy bien concebidas y estructuradas, por cierto, no parece que fuese muy acertada, pues sólo ha contribuido a la confusión y, en fin, al demérito de las órdenes antiguas y principales.

        La Monarquía restaurada en 1975 ha mantenido el vigor de la mayoría de las órdenes existentes en aquel momento, aunque lógicamente se ha visto obligada a preterir -porque nunca ha sido formalmente abolida- alguna de las distinciones más comprometidas políticamente con el régimen anterior; nos referimos a la Orden del Yugo y las Flechas. Otras simplemente han dejado de concederse en los primeros años del reinado: casos de las Órdenes de África y de Cisneros. También han proseguido las nuevas fundaciones; se han creado cinco nuevas Órdenes –la Real Orden del Mérito Deportivo (1982), la Orden de la Solidaridad Social (1988). la Orden del Mérito Constitucional (1988), la Orden al Mérito del Plan Nacional sobre Drogas (1995), y la Real Orden del Reconocimiento Civil a las Víctimas del Terrorismo (1999)–, pero sin el rigor conceptual ni el acierto observado durante los años cuarenta de este siglo; casi todas esas llamadas órdenes no son sino meras condecoraciones, a las que para colmo se han atribuido, mayoritariamente, unas horrorosas insignias. Al mismo tiempo se ha procedido a la reforma de algunas de las antiguas Órdenes –Mérito Agrícola (1987) y Beneficencia (1988)–, y se han promulgado nuevos Reglamentos –Isabel la Católica y Mérito Civil (1998), Carlos III (2002).

 

        La situación actual, es muy lamentable. El número de órdenes existentes es a todas luces excesivo, y produce un efecto penoso por el desprestigio que causa a todas ellas, y muy particularmente a las más antiguas y principales. La Insigne Orden del Toisón de Oro, la primera del Reino, se halla en un momento de absoluta postración. Las restantes se conceden, en ocasiones, con ligereza y a impulsos de amiguismos políticos o de presión de los medios de comunicación. Para colmo, los estatutos de todas estas instituciones -creadas en tiempos y circunstancias muy diferentes- no se hallan concordados ni armonizados, con disparidad de grados, insignias, honores y denominaciones.

        En 2002 el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, por iniciativa de su Subdirector de Publicaciones, el prestigioso profesor y académico Don Feliciano Barrios Pintado, publicó, en coedición con el Boletín Oficial del Estado, la obra Las Órdenes y Condecoraciones Civiles del Reino de España que, según todos los analistas, constituye el texto de referencia sobre el asunto que examinamos en España. Sus autores, los historiadores y juristas D. Alfonso de Ceballos-Escalera, Marqués de La Floresta, y D. Fernando García-Mercadal y  García-Loygorri,

 


      
Óleo anónimo del siglo XVII que representa el Palacio de Santa Cruz, antigua Cárcel de Corte y hoy sede del Ministerio de Asuntos Exteriores que se conserva en el despacho del Introductor de Embajadores. En la primera Secretaría de Estado ha radicado desde el siglo XVIII la cancillería de la Orden del Toisón de Oro, y la secretaría de las tres Órdenes de Carlos III, María Luisa e Isabel la Católica. Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores (foto Bie Peeters).

considerados los mayores especialistas en la materia, proponen suprimir la mayoría de las órdenes ministeriales, condecoraciones y medallas creadas durante el presente siglo y reunirlas en la del Mérito Civil que, de este modo, se convertiría en la Gran Orden Nacional Española, al estilo de la Legión de Honor francesa. Y, por fin, podría establecerse en un edificio idóneo una gran Cancillería de Títulos y Honores del Reino, con todos los archivos de las Órdenes y un pequeño museo de estas importantes instituciones, pues no faltan en España piezas soberbias a estos fines. Sólo así el sistema premial de nuestro país tendrá el prestigio que sin duda merece su espléndido pasado histórico.